viernes, 16 de noviembre de 2012

Crítica a El corsario de Lanzarote

No sin rubor, añado más abajo el enlace al blog El Escobillón, del periodista cultural Eduardo García Rojas, que me honra haciendo el primer comentario crítico a mi novela.
http://www.elescobillon.com/2012/11/el-corsario-de-lanzarote-una-novela-de-francisco-estupinan/#respond

martes, 30 de octubre de 2012

El corsario de Lanzarote, en las librerías

Estimados amigos: Veo que mi novela El corsario de Lanzarote está ya disponible en las librerías La Isla y Lemus, en Tenerife, por si alguno quiere adquirirla. En Gran Canaria, en Canaima y la Librería del Cabildo. Dejo aquí el enlace a la web de La Isla


lunes, 17 de septiembre de 2012

martes, 7 de agosto de 2012

Del mundo extinto

Serán una nota nostágica las líneas que sigan, un retrato de otro tiempo antes de irme unos días de vacaciones.
El mundo en el que crecí ya no existe. Aquel en que los chicos nos criábamos en la calle y desde pequeños sabíamos de la amistad o la competencia y, algunas veces, habían abrazos y otras, puñetazos y así ibas aprendiendo a manejarte en la vida. Aquel mundo en el que ningún joven se atrevía a faltarle al respeto a una persona mayor, menos aún a sus padres, y si alguno tenía la ocurrencia de pronunciar una blasfemia, más le valía que no se oyera o te atenías a las consecuencias.
Era un mundo de trabajo, en el que todavía se hacía media jornada el sábado y era al mediodía, cuando empezaba el regreso a casa, que se pagaba el salario semanal. Sólo los niños estábamos ociosos porque éramos los únicos que distrubábamos de lo que entonces se llamaba semana inglesa.
Estaban también los polvos solubles que se convertían en leche y nadie tenía idea de qué era un yogur. Yo me acuerdo con claridad del día que probé uno por primera vez. Era de fresa. La carne era para el domingo, después de venir de misa y antes de ir al cine a las tres de la tarde porque las películas no se podían piratear como tampoco la música.
No había día más triste en todo el año que el Viernes Santo, pues ni siquiera la radio emitía algo más que el Sermón de las Siete Palabras y música sinfónica dramática. Pero eran sólo veinticuatro horas y empezaban a pasar muy rápido a medida que ibas creciendo.
Eran los tiempos en que tus mayores te decían que tenías que estudiar para hacerte un hombre de provecho e ibas comprendiendo que  sí, que era tu única oportunidad, y cuando te matriculabas en la universidad te convertías en el orgullo de tu padre y sentías cómo todos los mayores a los que respetabas en tu infancia te empezaban a respetar a ti.
Aquel mundo ya no existe, no, y me empieza a suceder, como así les ha ocurrido a todas las personas antes que a mi, que las formas de vida han cambiado exponencialmente, que acontecen muchas cosas que ni entiendo ni quiero entender. Seguramente es que sigo siendo un niño de otra época. O que en breve cumplo años.



jueves, 26 de julio de 2012

Un escritor que evangeliza en el desierto

Vaya por delante que soy creyente y que, en ese sentido, me considero cristiano, pues forma parte consustancial de mi civilización y, por lo tanto, es un alfabeto religioso que soy capaz de descifrar de forma natural, como mi propia lengua materna. Pero no soy muy confesional ni abrazo ninguna militancia, lo que, por lo general, me repugna.
Por eso ando bastante sorprendido en los últimos tiempos por la vocación predicadora del magnífico escritor Juan Manuel de Prada, una de las voces sobresalientes de nuestra novelística contemporánea. Parece que ha asumido como obligación personal nuestra reevangelización. Leo en La Tercera de ABC de hoy uno de sus artículos al respecto, en el que se destaca: "La resurrección no es la recuperación del cuerpo abandonado por el alma ni tampoco la continuación de una vida corporal interrumpida por la muerte -como pensaban los saduceos- sino el principio de una vida nueva".
Quédome sorprendido, en primer lugar, de que se recurra en estos albores del siglo XXI a lo que pensaban o no los saduceos. A estas alturas de la historia no creo que tenga ninguna trascendencia ni lo que creyera una minoría extinta del judaísmo ni si de verdad las vestales conseguían preservar su virginidad. Me parece que hay que recurrir a comparaciones más contemporáneas si se quiere transmitir religiosidad al común.
Luego viene la fe, la esperanza y la caridad, indudables virtudes teologales que como tales comparto. Pero me parece una pasada de frenada que Juan Manuel especifíque en qué condiciones estarán mi cuerpo y mi alma, o los suyos, cuando Gabriel toque a rebato el dia del Juicio. ¿La fe debe traspasar la esperanza hasta llegar a la elucubración de lo que ocurre en detalle tras la muerte?, ¿fortalece mi creencia trascendente? El dice que sí.
Desde luego, De Prada me merece todos los respetos y consideraciones personales. Sus opiniones también me parecen absolutamente respetables. Pero es que reconoce que defiende hasta lo que a los curas hoy les cuesta defender y lo justifica a fin de que los católicos no acaben "por decir que la esperanza misma es una filfa ilusoria". Suena eso bastante a los discursos políticos al uso: tú dile al ignorante electorado lo que quiere oír, que ya vendrán las rebajas.
Y no seré yo quien desautorice sus citas de San Pablo, el cimentador teológico del cristianismo, pero estimo que tampoco vale cualquier cosa para no defraudar la esperanza "encarnada en formas toscas". Debe perseverar en la confianza sobre la inteligencia de sus congéneres si quiere que su fé se expanda, tener en cuenta que los españoles de hoy no son los saduceos de entonces. No debe obviar, por ejemplo, que en la edición digital del periódico donde se podía leer su artículo, un diario conservador y católico, se podía votar sobre la propuesta de Gallardón de que se prohíba interrumpir los embarazos de fetos con malformaciones. Y la mayoría de los que habían opinado se mostraban contrarios a esta restricción porque la mentalidad social actual no tiene nada en común con la de los contemporáneos del concilio de Jerusalén, en el que estuvieron Pedro y Pablo.
Me da la impresión de que Juan Manuel llega al lugar cuando la feligresía ya abandonó esos predios agotados y se empecina en clamar en el desierto. Y que conste que lo dicho no es un ataque, sino una opinión sobre la opinión publicada de quien es sin duda un magnífico escritor que en alguno ocasión ha sufrido en sus carnes embestidas salvajes de fanáticos que no comparten su credo.




viernes, 20 de julio de 2012

Pérez-Reverte y el compromiso

Soy de una generación que creció viendo a Arturo Pérez-Reverte por la televisión informándonos desde el frente de guerra. Para alguien como yo, que lleva el interés por la información en las venas, era un modelo. Su paso, luego, a la literatura de forma tan exitosa fue una sorpresa muy agradable. Su pronto asentamiento como escritor, el reconocimiento como académico de la lengua, sus millones de lectores... todo ello ha hecho que, con el tiempo, se haya convertido en un autor consagrado e influyente.
Uno de los factores que han contribuido a ello es su capacidad para la provocación y su voluntad de participación social opinando sobre la realidad sin dejar indiferente a nadie, lo que ha venido haciendo de forma continua desde sus artículos de prensa y las redes sociales. Es persona que, además de derrochar cultura, gasta valor e independencia y siempre tira a dar. Lo ha demostrado sobradamente en sus cartas a Zapatero y, recientemente, a Rajoy, entre otras.
Para mí, que valoro muchísimo la independencia y sentido crítico de las personas, es un claro ejemplo del compromiso social que se suele exigir a los intelectuales porque sus intervenciones son muestras de sensatez ante diestra y siniestra. Nada que ver con ese compromiso que la izquierda pide a los intelectuales, que no pretende en el fondo más que la militancia sectaria de artistas y escritores con sus postulados. En caso contrario, se recurre a la descalificación desautorizadora.
Por supuesto que, para alcanzar ese nivel de independencia, hay que rechazar complacer a los poderosos, renegar de la subvención y las dádivas, pretender quedar a bien con todo el mundo. No se puede ser amigo de todos todo el tiempo y ese es un riesgo que hay que correr. Y así, Arturo Pérez-Reverte se ha convertido poco a poco en un referente moral de nuestra sociedad con una repercusión e influencia que pocos escritores han tenido en los últimos tiempos. Un ejemplo.