Artículo de ayer en ABC:
http://www.abc.es/20100815/comunidad-canarias/espana-inveterada-20100815.html
lunes, 16 de agosto de 2010
domingo, 8 de agosto de 2010
Columna de esta semana en ABC
Este es el enlace a mi columna de esta semana, gentileza de Bernardo Sagastume, como siempre:
http://www.abc.es/20100808/comunidad-canarias/lecciones-sangre-20100808.html
http://www.abc.es/20100808/comunidad-canarias/lecciones-sangre-20100808.html
martes, 3 de agosto de 2010
Columna del domingo pasado en ABC
UNA HUELLA EN LA ARENA
Gatopardismo
Cataluña es un orgullo para España y su plural cultura, una riqueza de la que disfrutamos todos
Francisco Estupiñán
Fidel Castro anunció que la historia lo absolvería. Y finalmente lo ha condenado porque las sociedades son un ente cambiante, en constante movimiento, y no avanzar lealmente con ellas es quedar rezagado en el tiempo, permanecer en el pasado. El pensamiento inmutable es el fracaso.
También nuestro actual Gobierno ha sufrido esta lancinante experiencia. El socialismo radical chocó frontalmente con la realidad como un avión guiado por un controlador desde la consulta médica. Y, mientras se trabaja en reparar el desastre, sobrevive con viajes a Las Palmas para visitar a la selección de baloncesto. Hay que ganar tiempo e imagen para evitar cumplir la dura condena de ser un infausto recuerdo.
Pero el tacticismo lo mantiene prisionero. Sostenida la crisis por el coma inducido, nos abismamos una vez más por la otra sima de un Estado al borde de la quiebra. Las autonomías son un bien instrumental que, traspuesto a la categoría de fin en sí mismo, se ha tornado elemento opresor de los derechos de ciudadanía. Sucedió durante treinta años en el País Vasco, donde el PNV se creyó partido único porque las balas obligaban a la libertad a parapetarse. Ahora ocurre en Cataluña, pues la proximidad de las elecciones autonómicas hace más pronunciada la cuesta abajo por la que cae la política, olvidada de que la democracia es, ante todo, el imperio de la ley, bajo la que todas las personas son iguales.
Cataluña es un orgullo para España y su plural cultura, una riqueza de la que disfrutamos todos. Y por la que nos sentimos honrados. El catalanismo, en cambio, no ceja de disparar bolaños sobre el resto de la nación, incluso sobre su idiosincrasia, fértil simiente constituyente de sus conciencias desde siempre. Donde antes hubo cosmopolitismo ahora naufraga la libertad en un mar de atávicos prejuicios.
El plan diseñado es bien sencillo: meter el dedo en el ojo hasta que todos quedemos ciegos y ya no seamos capaces de encontrarnos, perdidos en la oscuridad, en la desconfianza, en el rencor. Y para ello sirve hasta la tauromaquia, que sólo puede fenecer de muerte natural y no fusilada en el paredón de la intransigencia. Esa prohibición es más incivilizada que la vida perdida en lucha mano a mano y mirando de frente al enemigo. El toro bravo es, en el contraste, una lección de dignidad.
Pero cuando la divisa con la que se pagan las transacciones políticas es la abstención, la inacción, ante leyes tan sustantivas como la reforma del mercado laboral, cuando un Gobierno hace suyo el gatopardismo de que todo cambie para que nada cambie, la condena de la historia será, de seguro, irremisible. La anticipará las urnas.
Gatopardismo
Cataluña es un orgullo para España y su plural cultura, una riqueza de la que disfrutamos todos
Francisco Estupiñán
Fidel Castro anunció que la historia lo absolvería. Y finalmente lo ha condenado porque las sociedades son un ente cambiante, en constante movimiento, y no avanzar lealmente con ellas es quedar rezagado en el tiempo, permanecer en el pasado. El pensamiento inmutable es el fracaso.
También nuestro actual Gobierno ha sufrido esta lancinante experiencia. El socialismo radical chocó frontalmente con la realidad como un avión guiado por un controlador desde la consulta médica. Y, mientras se trabaja en reparar el desastre, sobrevive con viajes a Las Palmas para visitar a la selección de baloncesto. Hay que ganar tiempo e imagen para evitar cumplir la dura condena de ser un infausto recuerdo.
Pero el tacticismo lo mantiene prisionero. Sostenida la crisis por el coma inducido, nos abismamos una vez más por la otra sima de un Estado al borde de la quiebra. Las autonomías son un bien instrumental que, traspuesto a la categoría de fin en sí mismo, se ha tornado elemento opresor de los derechos de ciudadanía. Sucedió durante treinta años en el País Vasco, donde el PNV se creyó partido único porque las balas obligaban a la libertad a parapetarse. Ahora ocurre en Cataluña, pues la proximidad de las elecciones autonómicas hace más pronunciada la cuesta abajo por la que cae la política, olvidada de que la democracia es, ante todo, el imperio de la ley, bajo la que todas las personas son iguales.
Cataluña es un orgullo para España y su plural cultura, una riqueza de la que disfrutamos todos. Y por la que nos sentimos honrados. El catalanismo, en cambio, no ceja de disparar bolaños sobre el resto de la nación, incluso sobre su idiosincrasia, fértil simiente constituyente de sus conciencias desde siempre. Donde antes hubo cosmopolitismo ahora naufraga la libertad en un mar de atávicos prejuicios.
El plan diseñado es bien sencillo: meter el dedo en el ojo hasta que todos quedemos ciegos y ya no seamos capaces de encontrarnos, perdidos en la oscuridad, en la desconfianza, en el rencor. Y para ello sirve hasta la tauromaquia, que sólo puede fenecer de muerte natural y no fusilada en el paredón de la intransigencia. Esa prohibición es más incivilizada que la vida perdida en lucha mano a mano y mirando de frente al enemigo. El toro bravo es, en el contraste, una lección de dignidad.
Pero cuando la divisa con la que se pagan las transacciones políticas es la abstención, la inacción, ante leyes tan sustantivas como la reforma del mercado laboral, cuando un Gobierno hace suyo el gatopardismo de que todo cambie para que nada cambie, la condena de la historia será, de seguro, irremisible. La anticipará las urnas.
miércoles, 28 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
Artículo de ayer en ABC
UNA HUELLA EN LA ARENA
Supersticiones
Y, ante tanta majadería discursiva, el fervoroso pueblo ya sólo puede creer en Andrés Iniesta
Francisco Estupiñán
Los ateos se aferran a la duda metódica y no creen ni en el gameto que los fundó sin evidencias. Los creyentes, por su parte, depositan su fe en Dios. Y santas pascuas. Sólo los agnósticos son presa de la superstición, impelidos por su incertidumbre respecto a la existencia de fuerzas sobrenaturales y omnipotentes. De esa duda les vino la zozobra cuando constataron la clarividencia de los cefalópodos, cumplidos los prósperos augurios de Paul a nuestra selección. Y más desazón aún comprobar que el pulpo, amén de buena cabeza, tiene mucho corazón. Exactamente, tres.
Claro que estas cosas de la hechicería lo mismo que hacen feliz dan canguelo, como lo sufrió el escéptico Zapatero cuando quiso hacerse el suertudo con sus asistencias al Campeonato de Europa de fútbol. Inopinadamente, empezó a propalarse el rumor de que, en realidad, era un gafe. Desde esas fechas, pobrecito nuestro, no se acerca a un estadio para eludir ese sambenito. Y, curiosamente, el equipo nacional va de victoria en victoria, al contrario que el Consejo de Ministros, al que sí suele asistir.
Por eso, los simples mortales nos hemos descreído de la curia política, según avala el CIS, pues nos cuenta prodigios increíbles y dicta dogmas que, en puridad, son anatemas para la razón. Es el caso del propio presidente explicando, en el Estado de la Nación, que la reforma del sistema de pensiones se vincula al ciclo demográfico y no a la crisis… Conjuros baldíos, pues a los manes de la jubilación se les reza con la transparencia de los números y no con opacos abracadabras sociológicos. Y, ante tanta majadería discursiva, el fervoroso pueblo ya sólo puede creer en Andrés Iniesta, capaz de derrotar a un demoníaco enemigo con la inmaculada verdad de un gol y, luego, reclamar para sí silencio y humildad, no vítores.
Pero a Montilla no le importa el descreimiento general, está absolutamente convencido de que el Gran Hacedor lo ha ungido para liberar de la esclavitud a su pueblo elegido (por Montilla, no por Dios, pues los catalanes, si quieren, nacen en Córdoba). Y el charnego redimido, que leyó el catecismo catalanista por el capítulo del milagro de los panes y los peces, convirtió a 65.000 turiferarios en un millón y medio de soberanistas sublevados contra el diabólico imperio de la ley.
Y ustedes se preguntarán: ¿qué tienen en común el agnóstico Zapatero y el mesiánico Montilla? Pues que ambos arúspices se reunirán esta semana después de un debate parlamentario en que el presidente y las minorías convinieron que España es catalana. Tras ese próximo aquelarre, anunciarán que las entrañas de la sacrificada Constitución así lo auspician. Esa es mi profecía.
Supersticiones
Y, ante tanta majadería discursiva, el fervoroso pueblo ya sólo puede creer en Andrés Iniesta
Francisco Estupiñán
Los ateos se aferran a la duda metódica y no creen ni en el gameto que los fundó sin evidencias. Los creyentes, por su parte, depositan su fe en Dios. Y santas pascuas. Sólo los agnósticos son presa de la superstición, impelidos por su incertidumbre respecto a la existencia de fuerzas sobrenaturales y omnipotentes. De esa duda les vino la zozobra cuando constataron la clarividencia de los cefalópodos, cumplidos los prósperos augurios de Paul a nuestra selección. Y más desazón aún comprobar que el pulpo, amén de buena cabeza, tiene mucho corazón. Exactamente, tres.
Claro que estas cosas de la hechicería lo mismo que hacen feliz dan canguelo, como lo sufrió el escéptico Zapatero cuando quiso hacerse el suertudo con sus asistencias al Campeonato de Europa de fútbol. Inopinadamente, empezó a propalarse el rumor de que, en realidad, era un gafe. Desde esas fechas, pobrecito nuestro, no se acerca a un estadio para eludir ese sambenito. Y, curiosamente, el equipo nacional va de victoria en victoria, al contrario que el Consejo de Ministros, al que sí suele asistir.
Por eso, los simples mortales nos hemos descreído de la curia política, según avala el CIS, pues nos cuenta prodigios increíbles y dicta dogmas que, en puridad, son anatemas para la razón. Es el caso del propio presidente explicando, en el Estado de la Nación, que la reforma del sistema de pensiones se vincula al ciclo demográfico y no a la crisis… Conjuros baldíos, pues a los manes de la jubilación se les reza con la transparencia de los números y no con opacos abracadabras sociológicos. Y, ante tanta majadería discursiva, el fervoroso pueblo ya sólo puede creer en Andrés Iniesta, capaz de derrotar a un demoníaco enemigo con la inmaculada verdad de un gol y, luego, reclamar para sí silencio y humildad, no vítores.
Pero a Montilla no le importa el descreimiento general, está absolutamente convencido de que el Gran Hacedor lo ha ungido para liberar de la esclavitud a su pueblo elegido (por Montilla, no por Dios, pues los catalanes, si quieren, nacen en Córdoba). Y el charnego redimido, que leyó el catecismo catalanista por el capítulo del milagro de los panes y los peces, convirtió a 65.000 turiferarios en un millón y medio de soberanistas sublevados contra el diabólico imperio de la ley.
Y ustedes se preguntarán: ¿qué tienen en común el agnóstico Zapatero y el mesiánico Montilla? Pues que ambos arúspices se reunirán esta semana después de un debate parlamentario en que el presidente y las minorías convinieron que España es catalana. Tras ese próximo aquelarre, anunciarán que las entrañas de la sacrificada Constitución así lo auspician. Esa es mi profecía.
miércoles, 7 de julio de 2010
Deporte centrípeto
En una nación donde la política es centrífuga, el deporte es el motor centrípeto que nos da unidad. El orgullo no nos lo da nuestra sociedad, sino una pelota, sea de tenis, de baloncesto o de fútbol. Somos, pues, una prueba más de que la política no une a los hombres, los separa.
lunes, 5 de julio de 2010
Columna de ayer en ABC (o parecida)
UNA HUELLA EN LA ARENA
Nostalgia de palabras
¿Cuántos de nuestros jóvenes saben que arroba es una tradicional unidad de peso?
Francisco Estupiñán
Manosear las palabras, disfrutar de ellas, sumergirnos en sus connotaciones, en sus emociones, es una forma de placer para muchos. Y también de añoranza, pues tantas han sido las transformaciones del mundo en los últimos cincuenta años que el lenguaje se ha visto, por igual, trocado profundamente.
En mi caso, criado en la ciudad, pero con un pie siempre puesto en el campo, he vivido la extinción de términos que echo de menos tanto como a las propias personas que los pronunciaban. Disfrutar del vuelo de las libélulas mientras guindaba agua del pozo, ver trasponer a mi vecino majada arriba o huir sigilosamente cuando los parientes nos regalaban beletén. Guindar, trasponer, beletén son términos ajenos al habla actual.
Pero tengo por fortuna haber vivido esa transición en la que crecimos entre leche en polvo y de vaca, caliente, ordeñada directamente en una escudilla con gofio. Y rememorar la novedosa emoción de comer el primer yogur; el mío era de fresa. Y ya no me hiere el orgullo recordar cuando mi madre me reprendía con una frase arcaizante: “¡Habrase visto chiquillo babieca!”.
Personas de más edad podrían testimoniar mejor el gran cambio sufrido por nuestro idioma, como el insigne lingüística que, de sus vivencias infantiles de la guerra, le quedaba la repugnancia por la humilde lenteja. En su mente se grabó como sinónimo de gorgojo.
Hoy la lengua es otra. Para muchos una desconocida, una criatura difícil de identificar, pues todo el planeta la conoce por español menos los españoles, que nos empecinamos en llamarla, impropiamente, castellano. Y está fuertemente marcada por la influencia de los medios de comunicación y la abundancia de extranjerismos que evidencian nuestra escasa intervención en el desarrollo tecnológico contemporáneo. ¿Cuántos de nuestros jóvenes saben que arroba es una tradicional unidad de peso? Sólo es un raro signo de la nomenclatura informática.
Lo peor, tal vez, sea el reduccionismo, la pobreza de léxico y la falta de compresión lectora, una de las continuas alarmas encendidas de nuestro sistema educativo. Consecuencia patente es cómo la actividad política se ha constreñido en los titulares de prensa a un solo verbo: apostar. Todos los políticos apuestan como tahúres del Misisipi. Y son, sin embargo, las columnas de opinión las que se llevan al aula para los comentarios de texto. Los profesores ven a sus discípulos incapaces de enfrentarse a los versos diáfanos de Antonio Machado y se conforman con que puedan acceder con algún criterio a los periódicos.
Pero, en fin, quizá todo cambie más aprisa que yo y por eso esta nostalgia por las palabras.
Nostalgia de palabras
¿Cuántos de nuestros jóvenes saben que arroba es una tradicional unidad de peso?
Francisco Estupiñán
Manosear las palabras, disfrutar de ellas, sumergirnos en sus connotaciones, en sus emociones, es una forma de placer para muchos. Y también de añoranza, pues tantas han sido las transformaciones del mundo en los últimos cincuenta años que el lenguaje se ha visto, por igual, trocado profundamente.
En mi caso, criado en la ciudad, pero con un pie siempre puesto en el campo, he vivido la extinción de términos que echo de menos tanto como a las propias personas que los pronunciaban. Disfrutar del vuelo de las libélulas mientras guindaba agua del pozo, ver trasponer a mi vecino majada arriba o huir sigilosamente cuando los parientes nos regalaban beletén. Guindar, trasponer, beletén son términos ajenos al habla actual.
Pero tengo por fortuna haber vivido esa transición en la que crecimos entre leche en polvo y de vaca, caliente, ordeñada directamente en una escudilla con gofio. Y rememorar la novedosa emoción de comer el primer yogur; el mío era de fresa. Y ya no me hiere el orgullo recordar cuando mi madre me reprendía con una frase arcaizante: “¡Habrase visto chiquillo babieca!”.
Personas de más edad podrían testimoniar mejor el gran cambio sufrido por nuestro idioma, como el insigne lingüística que, de sus vivencias infantiles de la guerra, le quedaba la repugnancia por la humilde lenteja. En su mente se grabó como sinónimo de gorgojo.
Hoy la lengua es otra. Para muchos una desconocida, una criatura difícil de identificar, pues todo el planeta la conoce por español menos los españoles, que nos empecinamos en llamarla, impropiamente, castellano. Y está fuertemente marcada por la influencia de los medios de comunicación y la abundancia de extranjerismos que evidencian nuestra escasa intervención en el desarrollo tecnológico contemporáneo. ¿Cuántos de nuestros jóvenes saben que arroba es una tradicional unidad de peso? Sólo es un raro signo de la nomenclatura informática.
Lo peor, tal vez, sea el reduccionismo, la pobreza de léxico y la falta de compresión lectora, una de las continuas alarmas encendidas de nuestro sistema educativo. Consecuencia patente es cómo la actividad política se ha constreñido en los titulares de prensa a un solo verbo: apostar. Todos los políticos apuestan como tahúres del Misisipi. Y son, sin embargo, las columnas de opinión las que se llevan al aula para los comentarios de texto. Los profesores ven a sus discípulos incapaces de enfrentarse a los versos diáfanos de Antonio Machado y se conforman con que puedan acceder con algún criterio a los periódicos.
Pero, en fin, quizá todo cambie más aprisa que yo y por eso esta nostalgia por las palabras.
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